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El día que conocí a Adolf Eichmann, arquitecto del Holocausto judío

Eichmann,_AdolfEn la década de los 1950 y 60 mis padres tenían una casita de veraneo en las Sierras de Córdoba, en Argentina. Se ubicaba en un casi ‘pueblecito’ cerca de uno algo más grande llamado Nono. Por vecinos teníamos un exCapitán de la Royal Navy; la amante del hijo de un anterior Presidente del país; un antiguo prisionero de un campo de concentración nazi (nunca averigüé cual); el instructor de equitación era un señor alemán que siempre le ví vistiendo botas largas hasta las rodillas y que evidentemente había sido miembro de la caballería nazi. El carpintero de la zona había sido el Zimmerman (carpintero) del crucero Graf Spee, hundido en el Río de la Plata y del cual escapó de la muerte a nado.

Y justo al lado, cruzando un arroyo que se secaba en verano, vivía una familia alemana en una finca más grande que la nuestra. Apenas se comunicaban con ningún vecino.

Esta familia criaba conejos de angora, que guardaban en hileras e hileras de jaulas de cemento, a un metro del suelo, pintadas de blanco y escrupulosamente limpias.

De vez en cuando el hijo mayor y yo nos encontrábamos por ahí montados a caballo. Recuerdo ahora que se llamaba Karl.

Nunca fuimos íntimos amigos, Karl y yo, pero sí le visitaba en su casa alguna veces como él la mía. Me encontraba ocasionalmente con su madre en la única tiendecita del lugar, donde mi propia madre me mandaba de compras a caballo. Un tal día, a la señora alemana le acompañaba un hombre, que no era su marido, a quien yo conocía. La señora me saludó con una amplia sonrisa como era su costumbre, pero no me presentó al hombre que la acompañaba.

Esto ocurrió en lo peor de un verano muy caluroso, en enero o febrero de 1960, si bien recuerdo. Desde luego no eran las temperaturas propicias para llevar una chaqueta. El extraño vestía un chaqueta de color beige, cerrada hasta la mitad del pecho. Sería por eso que le recordaría, con algunos detalles más. Era calvo con una pelusilla por la calvicie. Llevaba gafas de sol redondas, muy oscuras. Pantalones grises, creo. Estaba a contraluz, apoyado en el marco de la única puerta. No le vi sonreir ni habló durante el poco tiempo de su presencia. No era una persona al que se notara demasiado, la verdad.

Adios vacaciones

Las vacaciones de verano llegaron a su triste fin a mediados de marzo; volví a Buenos Aires y al internado. La vida normal se reanudaba, los estudios acaparaban mi atención. Hasta el próximo mes, Abril.

En el colegio nos dejaban leer los periódicos. No había televisión, al menos para nosotros. La radio a transistores la escuchábamos a escondidas debajo de las sábanas. Un pequeño delito.

Juan_Peron_con_banda_de_presidenteSe recordará que Argentina dio la bienvenida a muchos nazis al teminar la Segunda Guerra Mundial, en los años 1950, durante la dictadura de Juan Perón, quien modeló su régimen en el fascismo europeo de Hitler, Franco y Mussolini. (Argentina declaró la guerra contra la Alemania nazi cuando éstos ya habían perdido. Astucia peronista)

Hubo en esos tiempos una intensa búsqueda para capturar al Dr. Josef Mengele, el de los experimentos ‘médicos’ en el campo de concentración de Auschwitz, pero este escapó al Paraguay, bajo el régimen fascista del General Alfredo Stroessner.

De repente la noticia estaba en todas partes: los Israelíes habían capturado a un criminal nazi en un suburbio de Buenos Aires y se lo habían llevado a Israel. La Derecha lo llamaba una invasión del territorio nacional a viva voz. La Izquierda no decía nada. El secuestro de Adolf Eichmann, el que inventó la ‘solución final´para eliminar a los judíos de Europa era noticia mundial.

Eichmann headline2La foto que aparecía en todas las portadas eran la de aquel hombre que yo había visto en la tiendecita en aquel valle entre montañas. Le reconocí inmediatamente como el que vestía una chaqueta en pleno verano.

El olor a miedo

Viajamos a esa casita esa Semana Santa. Todavía rugía la noticia sobre la captura y secuestro de Eichmann, y sobre su juicio en Jerusalén.

Yo casi me había olvidado del asunto (hay cosas mucho más importantes para un niño de trece años) cuando salí una mañana a ensillar mi yegua, como hacía todos los días. Había un olor extraño en la brisa que corría por el valle. Un olor a muerte, de animal muerto, que no era nada raro en aquella zona. Pero esto era distinto, mucho más notable, como si emanara de aquí mismo.

Montado en la yegua seguí a mi nariz hacia el origen del olor. A cada paso se hacía más fuerte. Mi olfato me dirigió hacia el arroyo que separaba la finca de Karl de la nuestra. Cruzamos, la yegua y yo. Ella se mostraba nerviosa, parando de vez en cuando, las orejas de punta.

Una curva en el sendero y llegamos a la cancela de la casa alemana. Estaba abierta, cosa muy inusual. Seguí el carril, muy abandonado, hacia la casa. El olor se volvía insoportable. El pañuelo ya me cubría la nariz y la boca.

Desmonté a unos metros de la casa y batí las palmas como era la costumbre local para anunciar uno su presencia. Nada, ninguna respuesta.

Me acerqué a la casa con mucha trepidación, el corazón me latía en los oídos. La puerta de un costado del edificio, el que se usaba en lugar de la principal, estaba abierta, cosa común en la familia. Esta daba entrada a la cocina.

Hormigas y un vestido rosado

La mesa redonda de la cocina contenía servicio para cinco. En dos platos había huevo frito coagulado, y en todos lados estaban la hormigas, por la mesa, trepando las paredes, los armarios. Un a escena par recordar. Un espacio abandonado con premura.

Adentrándome a la casa, batiendo palmas por si hubiera alguien. La curiosidad le ganaba al miedo en aquellos tiempos. Sudaba.

Los dormitorios estaban hechos un desastre — en una casa que se jactaba del orden y la limpieza. Zapatos y ropas por doquier, las camas sin hacer. Armarios abiertos.

Una puerta chirriaba cerca de una ventana abierta. Un vestido color rosa se agitaba sin entusiasmo colgado de su percha dentro de un armario abierto.

Ya había llegado a la puerta trasera de la casa, la que daba con el llano ocupado por las jaulas de los blancos conejos.

Los dos perros, pastores alemanes ambos, yacían muertos, eternamente encadenados a una larga soga que les permitía funcionar de guardianes. Estaban flacos, en los huesos, con heridas en todo sus cuerpos. El trabajo de los buitres que en ese momento noté bastante cerca.

Un viejo algarrobo, seco y gris, ahora estaba negro con la colonia de buitres que, en cuanto se inventaran la manera de entrar, devorarían los cadáveres de los conejos, no sin antes haber hecho otra comida con los restos de los perros. La brisa removía los pelos tan blancos, tan valiosos, de aquellos inocentes animales.

Encontré a la yegua, que se había ido a pastar bastante lejos de aquell canicería. Vomité. Me monté y me fuí de aquel lugar.

Nunca le conté nada a nadie, pero algún otro lo habría hecho ya que un par de días después me encontré con un coche patrulla de la policía que se dirigía a aquel infierno.

(C) Copyright Alberto Bullrich 2015
Todos los derechos reservados

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